miércoles, 24 de junio de 2009

La cuna del embebido


Como una ave de papel,
me quedo en la calle para construir
mi propio sendero,
las alimañas tratarán de beber la sangre que escupió mi último acertijo,
que incorporado en mi cuerpo,
nunca yació en paz.
El paso hierve de miedo,
un cúmulo de rosas fallecidas
derraman la sangre de los dioses,
el acertijo no hará preguntas vanales,
la caída acecha en todas partes,
y no hay segundos a la espera,
no soplarás,
derretiré la insignia en mi pecho,
sin la ayuda de mis brazos,
con la ayuda de la vertiente,
caeré sobre tus ojos,
y ya no moriré desnudo.
Como un ave de papel que contempla la luz grisácea de este sol,
recuerdo un día espantoso en la cuna del embebido,
un milagro tu corazón bajo la triste luna ancestral,
quemarás hasta las más pálidas penas de los últimos días de otoño,
para convertirlas en trágicas noches,
idas y venidas,
y mi amor sin vuelta,
el océano comenzó a desaparecer para darle de beber a las estrellas un poco más de basura,
un tanto más de rencor,
apaciguarán las luces,
romperán las olas del este,
que ya vacías y sin sombra,
dejarán a la interperie,
mi corazón y un sentimiento,
la mágica historia de reyes,
y un cielo convaleciente.
Por J.C.

La sombra de una duda


La sombra de una duda,
toma las riendas de la esperanza controvertida,
incendiarás mil corazones,
treparás mi cuerpo de noche,
lastimarás dulcemente la angustia que me desvela,
cabalgarás en mi sueño de cristal,
para recordarme tus ojos esta noche,
para no olvidar las más hermosa figura,
traeré las hojas del pasado otoño,
las desparramaré en tu zona de descanso,
cuidaré tus lágrimas,
limpiaré tus recuerdos,
me quedaré con todos tus besos,
tu agonía,
mi salud mental.
Por J.C.

Clara

La calle y a la tarde;
tráfico desabierto,
el ensamble de la ciudad,
descubierto en el intento,
posibilidad y milagro.

La nueva tarde gris le dejaba lugar a la nostalgia,
controvertida e invernal,
me dejaba oír diferente,
mientras el árbol sonreía a escondidas,
las palabras se sucedían,
al escarabajo no lo vio nadie,
fue preciso en su movimiento,
y la escalada verde permaneció intacta tras la suave suave e insolente pasada del viento.
Cobijada la sombra debajo de las hojas,
pero la bicicleta miraba hacia la ciudad,
desde la pequeña colina,
y hacia la cruz del sur.

Las estrellas no volvieron a dormir una noche más,
como anoche,
cuando el velo te escondía,
cubría tu inconciencia,
el abrazo platónico,
tu pavor y tu dulzura.

Ahora;
el ensamble de la ciudad,
descubierto en el intento,
trae senderos hacia otros mundos,
junto al sauce y su propia revelación,
puedo discernir entre el camino mas angosto y frío,
o el camino hacia la libertad.

Por J.C.

viernes, 5 de junio de 2009


en la imagen Eleonor Foster, una legendaria amiga inglesa


Cartwheels down the sand dunes

1 - Lluvia

Invierno, lluvia.
El sauce de la plaza yacía en paz,
pude apreciar su sintonía lenta,
se dirigió hacia mí,
caminé lentamente por el sendero que me llevaba hacia abajo,
dejándome endulzar por el sonido de la lluvia,
pude contemplar el sauce.

2 - Hombre

En la plaza debajo de la lluvia,
como queriéndose esconder y en extraña actitud,
se encontraba un hombre de traje con un paraguas negro,
a veces abierto,
a veces cerrado,
se trasladaba lentamente y me seguía con la mirada.
Trate de seguir caminando lentamente y en círculos
a su posición, como rodeándolo,
quizás para observarlo y comprender su actitud,
paranoia.

3 - Sucre

La lluvia se tornó mucho mas tupída,
y hasta molesta,
traté de volver lo más rápido posible hacia el lugar
al que menos quería volver en el mundo,
pero mi bendición y la única condena,
no era suficiente para terminar con el delito,
había que ser avaros y malditos,
que pidieran perdón de espaldas,
las manos atadas,
la cabeza hacia abajo,
y la tragedia se verá mal.

Por J.C.

En mi mundo esta canción

Soltaste el alambre,
me dejaste correr hacia el viento,
el mismo que me trajo tus flores,
tu regalo de día,
el mismo color,
el mismo aroma,
traias el sonido de mis augurios
y de mis mas soñados deseos,
en ese campo me dejabas tocar la piel,
te destruías con aquel nubarrón,
lleno de mentiras y confusiones,
y deshecha,
junto al panorama desolador,
encontraste que ya no estaba,
no se donde perdí el corazón,
pero la tarde te dejó sin mí,
la noche iluminó tu camino,
para volver a encontrarme,
traté de huir ante la amenaza,
pero debía volver por mi corazón,
necesitaba mi abrigo y mi amor.
Esa vez mi guardían dijo saber de más,
dijo que alguna vez volvería,
que alguna vez moriría
junto a tu párpado y tu sueño,
idéntico al que quisiste contemplar una noche,
cuando soñabas dormir a mi lado,
y alguna vez,
el tiempo se detuvo,
para así encontrar lo que he perdido,
para así agradecerle al viento,
y esperarte,
en cada hoja caída,
en cada gota de sangre,
no derrames más lágrimas,
estoy debajo de mi techo.

Por J.C.


Esta canción:

http://www.youtube.com/watch?v=CbMeAOTPJzM



Lo escencial es invisible a los ojos

En el momento de tomar el té,
hay algo que hervía mas que la misma agua,
aquel recuerdo imborrable,
la ceja en el tiempo,
el horario predeterminado para las lágrimas,
cualquier instante insoluble,
cualquier eterno momento,
sin compasión y sin estelas de humo,
cantando una canción y recordando tu sonrisa
esmeralada,
en mi manto de estrellas solitarias,
que perdidas en lo más profundo de mi alma,
jamás lograron resistir tu despedida.
Cuando una vez pude contemplar la densidad
de la sangre,
la navidad me acechaba con todo su rojo incandescente,
me quemaba con mi propia sangre,
era la hora de derrocharla y envejecerla,
convertirla en la espuma divina de los días benignos,
deshacer un vientre y beber mas agua de ese grifo,
el arca de los sobrevivientes que han sido derrotados
por un destino paralelo,
la impenetrable paciencia durante mi estadía en la puerta de tus ojos,
allí mismo he sembrado de por vida un portal de asperezas minusválidas,
he dejado un corazón como rehén,
para solo poder espiar y ver el verde que no tiene
el arco iris de esta tarde lluviosa,
la misma tarde en la cual el sol se secó y me dejo una hoja embalsamada dentro de tu pestaña de seda,
la misma tarde que me dejó un beso de recuerdo,
una profunda sensación a estar cerca de tu piel,
a centímetros de tu fresco regazo,
sentado sobre el pasto donde alguna vez,
osaste acompañarme,
me dejaste acariciarte,
y ahora puedo decir que ya no es una sorpresa,
pero yo no he elegido este destino.

Por J.C.

Foto por Florencia Kurch


La caja

Fue anoche,
cuando guardé otro poco de dolor,
en la caja llena de angustias.
Centenares de lágrimas en su recorrido nocturno
pasearon por mi cuerpo retorciendo mi garganta hasta dejarla fría y seca,
como siempre;
mi grito desesperado al llamarte desde mis pensamientos,
toda esa angustia se encierra en dicha caja,
con la primera luz del sol.
En ese momento me desvanezco y convierto mi exclamación
en el sueño mas triste del mundo,
lo más triste que jamás a un hombre podría sucederle,
perder a lo último que hubiese querido perder,
resignarse a haber extraviado su corazón para siempre,
acostumbrarse a vivir hasta cuando pueda,
hasta que el dolor que me acompaña me lo permita,
porque hablo de mí,
de mis sueños;
y de mí.
De lo que no imaginaba desde pequeño,
una vida y millones de sueños,
la extravagancia de vivir en un mundo lleno de interrogantes,
dejar ser mimado una y otra vez,
abuelo y abuela,
ahora un caramelo me espera,
¡cómo sufría mi abuela al verme llorar!
¡cómo sufría mi abuela al hacerme esperar!
Y cómo sufría mi madre al verme crecer,
golpearme y deshacerme,
con cada fiebre de cada invierno,
un té a las ocho y otro a las diez,
un paño helado para mi frente,
como anoche cuando volví a guardar otro poco de dolor.
Había una vez una mujer que vivía únicamente en el mundo
de mis más intangibles sueños,
como un ejemplo de lo más estrictamente imposible,
un hecho real del cual nunca quiso creer,
ni de mis palabras, ni acerca de mis más profundos sentimientos.
Había una vez una mujer que se apodero de todas mis circunstancias
y desconciertos,
que convirtió mis días en un océano de ilusiones vivas,
constantes y prácticas,
el grandioso deporte de mirarte a los ojos,
y descubrir;
a una niña dentro de una mujer,
y a una mujer que mis ojos no habían podido llegar a contemplar,
la dulzura extrema de tus que haceres y de tu comportamiento cotidiano,
que plasmaba mi vida día a día,
y encerraba tu ternura en la misma bolsa donde guardé los recuerdos más preciosos,
las palomas con su maíz,
la máquina creadora de pan rallado,
el patio de mi escuela,
una bicicleta en el gran parque cuando transcurrían aquellas frías tardes de mi pre adolescencia,
mi madre y una guitarra,
la transformación de un niño que ahora no elige haber devenido en un hombre,
y años mas tarde;
una princesa única y radiante,
una sonrisa para mí,
una flor todos los días,
una mujer para siempre.
Había una vez un hombre que añoraba recuperar aunque sea un poco de sosiego,
desapegarse de tanta desesperanza y tristeza,
que al verse mutilada por un trágico recuerdo,
ya no puede ver un poco más allá de ese acantilado nostálgico,
donde todas las noches se encienden las luces de la agonía.
Había una vez un niño que nunca creyó que el destino de todos sus sueños,
alguna vez se encontrarían atados a una caja llena de angustias,
a un cóctel de insomnios, lamentos y extrañas pesadillas,
el mismo que te hubiese regalado un chocolatín auspiciado por todo su amor y un colosal toque de ternura.
Había una vez un hombre;
que nunca dejó de llorar.

Por J.C.