viernes, 5 de junio de 2009




Lo escencial es invisible a los ojos

En el momento de tomar el té,
hay algo que hervía mas que la misma agua,
aquel recuerdo imborrable,
la ceja en el tiempo,
el horario predeterminado para las lágrimas,
cualquier instante insoluble,
cualquier eterno momento,
sin compasión y sin estelas de humo,
cantando una canción y recordando tu sonrisa
esmeralada,
en mi manto de estrellas solitarias,
que perdidas en lo más profundo de mi alma,
jamás lograron resistir tu despedida.
Cuando una vez pude contemplar la densidad
de la sangre,
la navidad me acechaba con todo su rojo incandescente,
me quemaba con mi propia sangre,
era la hora de derrocharla y envejecerla,
convertirla en la espuma divina de los días benignos,
deshacer un vientre y beber mas agua de ese grifo,
el arca de los sobrevivientes que han sido derrotados
por un destino paralelo,
la impenetrable paciencia durante mi estadía en la puerta de tus ojos,
allí mismo he sembrado de por vida un portal de asperezas minusválidas,
he dejado un corazón como rehén,
para solo poder espiar y ver el verde que no tiene
el arco iris de esta tarde lluviosa,
la misma tarde en la cual el sol se secó y me dejo una hoja embalsamada dentro de tu pestaña de seda,
la misma tarde que me dejó un beso de recuerdo,
una profunda sensación a estar cerca de tu piel,
a centímetros de tu fresco regazo,
sentado sobre el pasto donde alguna vez,
osaste acompañarme,
me dejaste acariciarte,
y ahora puedo decir que ya no es una sorpresa,
pero yo no he elegido este destino.

Por J.C.

Foto por Florencia Kurch

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