viernes, 5 de junio de 2009



La caja

Fue anoche,
cuando guardé otro poco de dolor,
en la caja llena de angustias.
Centenares de lágrimas en su recorrido nocturno
pasearon por mi cuerpo retorciendo mi garganta hasta dejarla fría y seca,
como siempre;
mi grito desesperado al llamarte desde mis pensamientos,
toda esa angustia se encierra en dicha caja,
con la primera luz del sol.
En ese momento me desvanezco y convierto mi exclamación
en el sueño mas triste del mundo,
lo más triste que jamás a un hombre podría sucederle,
perder a lo último que hubiese querido perder,
resignarse a haber extraviado su corazón para siempre,
acostumbrarse a vivir hasta cuando pueda,
hasta que el dolor que me acompaña me lo permita,
porque hablo de mí,
de mis sueños;
y de mí.
De lo que no imaginaba desde pequeño,
una vida y millones de sueños,
la extravagancia de vivir en un mundo lleno de interrogantes,
dejar ser mimado una y otra vez,
abuelo y abuela,
ahora un caramelo me espera,
¡cómo sufría mi abuela al verme llorar!
¡cómo sufría mi abuela al hacerme esperar!
Y cómo sufría mi madre al verme crecer,
golpearme y deshacerme,
con cada fiebre de cada invierno,
un té a las ocho y otro a las diez,
un paño helado para mi frente,
como anoche cuando volví a guardar otro poco de dolor.
Había una vez una mujer que vivía únicamente en el mundo
de mis más intangibles sueños,
como un ejemplo de lo más estrictamente imposible,
un hecho real del cual nunca quiso creer,
ni de mis palabras, ni acerca de mis más profundos sentimientos.
Había una vez una mujer que se apodero de todas mis circunstancias
y desconciertos,
que convirtió mis días en un océano de ilusiones vivas,
constantes y prácticas,
el grandioso deporte de mirarte a los ojos,
y descubrir;
a una niña dentro de una mujer,
y a una mujer que mis ojos no habían podido llegar a contemplar,
la dulzura extrema de tus que haceres y de tu comportamiento cotidiano,
que plasmaba mi vida día a día,
y encerraba tu ternura en la misma bolsa donde guardé los recuerdos más preciosos,
las palomas con su maíz,
la máquina creadora de pan rallado,
el patio de mi escuela,
una bicicleta en el gran parque cuando transcurrían aquellas frías tardes de mi pre adolescencia,
mi madre y una guitarra,
la transformación de un niño que ahora no elige haber devenido en un hombre,
y años mas tarde;
una princesa única y radiante,
una sonrisa para mí,
una flor todos los días,
una mujer para siempre.
Había una vez un hombre que añoraba recuperar aunque sea un poco de sosiego,
desapegarse de tanta desesperanza y tristeza,
que al verse mutilada por un trágico recuerdo,
ya no puede ver un poco más allá de ese acantilado nostálgico,
donde todas las noches se encienden las luces de la agonía.
Había una vez un niño que nunca creyó que el destino de todos sus sueños,
alguna vez se encontrarían atados a una caja llena de angustias,
a un cóctel de insomnios, lamentos y extrañas pesadillas,
el mismo que te hubiese regalado un chocolatín auspiciado por todo su amor y un colosal toque de ternura.
Había una vez un hombre;
que nunca dejó de llorar.

Por J.C.


No hay comentarios.: